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3 de marzo de 1985 ( crónica del sismo permamente)

Enviado por degolando el 03/03/2009 a las 09:35 PM
Dedicada a mi madre, padre y hermana,los protagonistas de una historia. Dedicado a los que se sienten mis amigos.Dedicada a los que sufren, en especial una Amiga a la cual vuelvo a dedicarle el texto, a pesar de nuestro distanciamiento.

(Nota: El texto es largo- pensé darlo en dos entregas-, un tanto oscuro, pero con final esperanzador. Es un testimonio de que se puede ser más fuerte que el dolor. No estoy vendiendo pomada al estilo Coelho. No es un cuento de autoayuda ni nada por el estilo. Desgarré mi piel para contar una historia, mi historia. Quien desee leerlo, tómese su tiempo, le puede servir y al que no le interesa, buena onda. Perdonen si encuentran algo mal escrito, perdonen. No lo corregí. Quiero dejarlo así como un testimonio imperfecto).



Hoy es cuatro de enero del 2009, cumplo 27 años y desde los quince he escrito una enormidad de relatos. Perdí la cuenta del número de historias que he contado. Hay algunos cuentos que ni siquiera sé dónde están y otros acabaron consumidos por el fuego. No eran dignos de ser leídos.



Luego de revisar las narraciones que sobrevivieron a las llamas, me di cuenta de un detalle: Jamás había contado mi historia. Es mucho más fácil hablar de desconocidos, inventar personas imaginarias que mirarse en un espejo. Es hora de hablar del sismo permanente y poner un alto a las réplicas. Hoy cierro la puerta al lamento y abro la puerta a la vida.



Bueno, bueno, bueno. Menos vendida de pomada y más acción. A ver… cómo empiezo…Durante muchos años fui un amargado. Preferí entregarme a la apatía, a la modorra, a la autocompasión. Culpé al destino por mi infortunio. Me dejé abatir por las circunstancias sin descubrir que yo era el causante de todos mis males. Es mucho más fácil despotricar contra otros que ver tus errores. Un día eso cambió. Descubrí que a la gente le gustaban mis historias. En aquel momento entendí el objetivo de mi padecimiento. Toda la rabia y el sin sentido, adquirió significado. Gracias al terremoto de 1985, soy un narrador compulsivo.

Si no fuera por el padecimiento, jamás hubiera descubierto las letras, a las cuales intento hacerle el amor todos los días. Soy amante de la palabra y por suerte ella me corresponde. Quizás por culpa de esta pasión nunca logre formar una familia, tener hijos. Una mujer requiere de tiempo, cariño y compresión. Es muy difícil que ella entienda que uno prefiera estar todo el día entregado a la literatura, en vez de compartir una tarde de arrumacos y mimos. Si alguien la conoce… por favor preséntenla.



Otra vez me estoy yendo para otro lado. Mejor empiezo desde el principio.



El 3 de Marzo de 1985 es el día más oscuro del que tenga recuerdo. Tenía tres años cuando mi madre sufrió la primera crisis de depresión bipolar con cuadro psicótico. En palabras simples, se volvió loca. El gatillante del mal fue el sismo. El terremoto remeció la conciencia de aquella mujer buena, insegura, incapaz de hablar mal de alguien. Su código genético le jugó una broma macabra y la condujo al delirio. Como ustedes sabrán las enfermedades mentales no se curan, sólo se estabilizan. A veces está bien, otras mal. Hoy por suerte está compensada e intento aprovechar al máximo sus espacios de cordura.



Aquel domingo tres de marzo, mis tíos me llevaron de paseo al Parque Arauco. Si la memoria no me falla, me compraron una coqueta jardinera de mezclilla- a la última moda-, comí una bolsa de mazapanes y caminé por los pasillos del mall, devorando aquellos dulces empalagosos. Recuerdo que miraba las luces del decorado. Pequeñas ampolletas imitaban a estrellas del espacio exterior. Me fascinaban esos puntitos luminiscentes. Yo imaginaba ser un astronauta que exploraba los anillos de Saturno. Así me divertía mientras el frenesí consumista de la época pre escolar, colapsaba los corredores del centro comercial.



Por una extraña razón, mi tía Marta se sintió mal. No era una enfermedad, sino un presentimiento. Le decía a su marido: Iván salgamos de aquí, salgamos, por favor. Algo va a pasar. Iván, creyendo que se trataba de los ya clásicos ataques claustrofóbicos de su mujer, no le dio importancia. Fue tanta la insistencia de Marta que nos tuvimos que ir sin comer una hamburguesa en el Burgen King, tradición de aquel paseo. Iván y Marta tuvieron una pelea de proporciones bíblicas a causa del mal augurio. La discusión continúo en el auto. Iván decidió guardar silencio para no traumar a los niños y aceleró por Kennedy a 180km por hora. Yo sentí el motor del escarabajo forzado al máximo por la pericia conductora del ex esposo de mi tía.



Al arribar a Pío Nono, disminuyó la velocidad. En aquel punto del trayecto contemplamos un espectáculo horrendo. La gente lloraba, corría de un lado a otro. Parte del cerro San Cristóbal se había desprendido y el teleférico se detuvo a mitad de camino, encerrando a familias en aquellos óvalos metálicos. Su vida, literalmente, pendía en un hilo.



En medio del desconcierto, Iván bajó el vidrio del vehículo, preguntando a un transeúnte: amigo… qué pasó. El terror habitaba en cada uno de los santiaguinos, nosotros no entendíamos nada. Mi tío político creyó que se trataba de un atentado del Frente o que los militares habían actuado con la brutalidad de costumbre. El transeúnte, a punta de garabatos, nos aclaró la película:



- ¿Qué va a pasar, conchetumadre?- respondió el transeúnte- No te das cuenta del medio terremoto, saco hueas-.



Iván, tan educado como siempre, se disculpó, explicándole que no percibió el sismo. El tipo se fue sin siquiera escuchar las excusas. Iván aceleró por purísima, tomando avenida Perú. Mi hermana me abrazaba conteniendo las lágrimas, mientras yo, por una curiosidad infantil miraba por el espejo posterior. Cuando mi tía se dio cuenta de lo que hacía, me obligó a observar hacia abajo. Así me quedé, contemplado el cubre pisos café del escarabajo.



En la Esquina del Salto con Muñoz Gamero, teníamos que doblar para llegar a la casa. No pudimos. El tendido eléctrico cayó al piso. Recuerdo que levanté la cabeza para observar. El espectáculo era aterrador. Los cables, aún con electricidad, serpenteaban en el piso como culebras del Apocalipsis, lanzando destellos azulados a quien se atreviese a tocar su letal descarga. Iván, con la pericia digna de un piloto de fórmula uno, esquivo las trampas mortales que intentaron arrebatar la vida de los integrantes del Escarabajo. El conductor buscó otra ruta y luego de quince minutos dando vueltas por Recoleta, logró dar con el camino. Entramos por Raquel y doblamos por Lucrecia.



La primera imagen que vi de mi casa es un recuerdo potente. La pandereta del patio era un montón de escombros. Mi hermana me abrazó y lloró desconsolada. Sin entender lo que sucedía también derramé lágrimas creyendo que el sismo había derrotado la resistencia de la morada, pero mi casa es muy obstinada para desaparecer ante la adversidad de la naturaleza. Ella había soportado indemne el movimiento telúrico, salvo aquella muralla que se resquebrajó ante la oscilación terrestre…



Sin embargo, no sabíamos que la mente de mi madre también había sufrido un descalabro. El clic neuronal que la llevó a la demencia.



Por fin llegamos. En casa estaban mis abuelos, tíos, primos. Todos. Mi madre, al vernos, lloró desconsolada. Ella creyó que estábamos bajo cientos de toneladas de concreto. A pesar de abrazarnos, tocarnos, la idea de nuestro deceso siguió rondando en su cabeza. Keta imaginó otra realidad donde la muerte nos condujo al sepulcro. Poco a poco su cerebro fue colapsando. Nadie se percató de los primeros síntomas de la enfermedad. Se veía normal, conversaba, reía y escuchaba las noticias del terremoto en una radio a pilas marca Sony que había traído la hermana de mi padre, mi tía Mery.





Esa noche dormimos en el living…



Desde este punto, el relato se me torna confuso. Mi cerebro libera mecanismos de defensa. Por ello, de aquí en adelante, narraré a partir de lo que me ha contado mi padre, mi hermana, mis tías y mi abuela que en paz descanse.



Con el transcurso de la semana, la enfermedad de mi madre se manifestó con crueldad. La alegre Enriqueta del Carmen Fuentes Paredes- conocida como la Keta- dejó de ser la persona que era antes. Dejó de comer, de dormir, la insensatez dominó sus palabras. Ella dejó de existir en la línea del espacio y tiempo. Keta habitaba otro mundo, una celda alucinatoria, un mosaico de fotografías incoherentes que encajaban en su mente perturbada. Nosotros, los lúcidos sólo tomamos palco, contemplado el extravío.



Los tratamientos en mi mamá no dieron frutos. Se intentó una cura de sueño, pero ella, a pesar de las altas dosis del sedante, se negaba dormir. Se le recomendaron los más modernos antidepresivos- importados del extranjero-, nada. Se intentó con terapias alternativas de carácter homeopático, nada. Nada, nada, nada daba resultados.



Pasó alrededor de un mes y todos los medicamentos se acabaron. El psiquiatra, Evaristo Bustamante, muy desesperado profesionalmente, no halló otra alternativa más que aplicar terapia de electroshock. Al escuchar electroshock, mi padre intentó golpear al especialista... Entre tres personas debieron contenerlo.



Miguel salió de la consulta acompañando a su mujer. Él aguantaba las lágrimas. Miguel- mi padre- estaba casi sin esperanza de recuperar a su esposa, pero no lloraba. Su deber era ser fuerte, el roble que sostendría- y sostiene- a la familia. Durante la enfermedad de su mujer, él se encargó de las labores hogareñas; cuidaba sus hijos, les preparaba la comida, limpiaba la casa; intentaba por todos los medios que Keta comiera; consolaba a su hijo e hija diciéndoles que todo volvería a la normalidad, que todo sería como antes del terremoto sin tener certeza en sus juicios. A pesar de todo, Miguel mantenía la Fe.



El dolor enfermó a la familia. La mamá de mi mamá, mi abuela Rosa y mi tía María Rosa, insultaban a mi padre. Lo culpaban del mal. Eran escándalos de proporciones en la esquina de Muñoz Gamero con Recoleta, no en mi casa para que nosotros no nos enteráramos. Bastante ya teníamos con la situación.



Después de ver que mi madre no salía, se asumió que la única forma de traer a la normalidad la keta era a través del electroshock. Internaron a mi madre. Era la última esperanza. El doctor Bustamante recomendó el psiquiátrico para tal efecto, pero Mi papá se negó. Dio con una clínica particular, llamada Santa Marta. Fue hospitalizada como un desparpajo humano.



En ese instante, mi viejo volvió a trabajar y mi hermana se encargó de la casa. Mientras Ketty- mi hermana- iba al colegio, yo me quedaba en casa de mi abuela. Recuerdo, muy vagamente, que no quería comer, que lloraba mucho extrañando a la Keta. Marta, mi abuela, lloraba junto conmigo. Recuerdo que un tiempo después hablé con mi madre al teléfono. Le preguntaba insistentemente cuando iba a volver y ella, con el nudo en la garganta me respondía pronto, hijo, pronto.



En ese entonces las catorce sesiones de electroshock lograron despertar a mi mamá. Había renacido de la locura, retornaba al mundo de los cuerdos. Fueron tres meses en que conoció el rostro de la demencia y gracias a la electricidad, logró superar su primera crisis.



“Hijo, yo estaba en la ducha. Me lavaba el pelo cuando, de repente, me pregunto que estoy haciendo acá. Llamo a una enfermera y le consulto… la muchacha se alegró de una manera impresionante”, me contó mi madre una vez hace un par de años. Ella no recuerda nada. Desde el terremoto hasta mayo de ese año. Tiene un vacío, una laguna mental. La locura es así. Parte de la memoria de va de tu cabeza para nunca más volver.



Durante aquel período, mi padre jamás dejó de ir al hospital. Le llevaba cigarros, ropa interior, toallas y útiles de aseo. En cada visita, debía acarrear lo mismo. Otras internas le robaban a la keta sus pertenencias, así que no quedaba otro camino que reponer todo. La desesperación cundía en nuestro entorno.



En ese momento se creía que jamás regresaría de la alucinación.



A fin de cuentas mi madre salió. Las primeras semanas de recuperación, los electroshock causaron ciertos vacíos en su cabeza. Una de estos espacios en blanco fue algo que me concierne. Mi madre sólo recordaba tener una hija. A causa de la terapia, en sus primeros días de vuelta a la cordura, había olvidado mi existencia. Por ello los médicos debieron esperar a que me recordara para retornarla al mundo. Gracias a Dios a la hora del almuerzo, una de las internas le preguntó a la keta: cuántos hijos tiene… uno, respondió mi madre… de pronto como si un rayo le atravesara la cabeza, vino la imagen de un niño gordo y cariñoso… ese era yo.



No recuerdo su regreso al hogar. Debió ser muy feliz. Lamentablemente la memoria no me acompaña. Por comentarios de mi viejo, supe que el primer mes la keta no podía quedarse sola. Los doctores temían que sufriera de amnesia… uno de las secuelas que causan los electroshock. Por suerte no pasó aquello… hubiera sido demasiado.



Desde este punto retomo el relato desde mi voz. No tengo mucha memoria visual de ese período, sin embargo emocionalmente tengo sensaciones. El miedo se apoderó de mí. No cachaba nada, algo oscuro me fue envenenado y transformándome poco a poco, en un adulto de cinco años. Era un niño huraño, muy solitario al que no le gustaba compartir con sus pares. Me sentía grande, viejo, cansado. Prefería ver televisión y no cualquier programa, sino que me gustaban esos documentales lateros del National Geographic que daba en trece en las mañanas.



A medida que fui creciendo y las crisis de mi madre se repitieron- fue hospitalizada dos veces más-, me iba haciendo preguntas: ¿Por qué mi mamá se enferma? ¿Por qué mi mamá habla tonteras? ¿Yo enfermé a mi mamá?... ¿Por qué sufríamos tanto? ¿Qué habíamos hecho tan malo?... y la principal pregunta de todas… ¿Por qué?



Nunca hallé una respuesta en esos años infantiles. Me fui amargando de a poco, secando por dentro – perdonen los clichés- en el colegio pasaba casi todo el tiempo en silencio y para peor, mis compañeros se burlaban de mí por ser gordo. Me fui criando con una autoestima baja a pesar de destacar en castellano. Mi único refugio eran unas revistas deportivas, una colección de deporte total que me regaló Pascual, un viejo amigo de mi padre. Pasaba horas mirando las fotos, jugando con el papel, tocándolo y cuando aprendí a escribir y a leer, me las devoré todas. Las leía hasta saberlas de memoria. Gracias a ellas me evadí del mundo. Fueron el refugio al padecimiento, fueron mi tesoro durante años hasta que de tanto ser leías se consumieron.



Quiero dar las gracias a Pascual por aquel gesto. Yo creo que ni él se ha dado cuenta de lo importante que fueron esas revistas. Sin ellas yo no hubiera tenido esperanza y no hubiera descubierto mi vocación periodística. Gracias Pascual, gracias por regalarme las palabras. Qué hubiera sido de mí sin ellas.



Por culpa de las revistas Deporte Total soy periodista- para efectos prácticos me fatal el título-. Era uno de los pocos niños que lo leía completo El Mercurio y dentro de mis juegos se encontraba uno muy especial, jugaba a ser periodista. Le pedía prestada una vieja grabadora a mi tía y entrevistaba a los miembros de mi familia. Realizaba preguntas idiotas, pero efectivas- igual que ahora-. Así mataba el tiempo después del colegio.



A medida que fui creciendo, mis pensamientos se fueron complejizado. Ya no me hacía preguntas sobre lo sucedido, imaginaba cómo sería mi vida si el tres de marzo de 1985 no hubiera salido de mi casa. Me veía totalmente distinto, alegre, con personalidad y con una madre normal. Pero la realidad era distinta. Mi madre sufría cada dos años una crisis, claro no tan fuerte como la primera, pero era duro ver a tu mamá tirada en una cama, desaseada y preguntándote si estás vivo o muerto. Al verla en ese estado calamitoso, comencé a sentir culpa. Creí que yo había enfermado a mi madre. Me comencé a culpar de la desgracia y esa mochila se tornó pesada, adolorida y a los catorce años ya no daba más.



Cuando iba al colegio, lloraba el trayecto completo desde mi casa en Recoleta hasta Vergara con Alameda, donde se ubicaba el liceo francés. Al bajar del bus me secaba las lágrimas, me echaba gotitas para la hinchazón de los ojos y aparentaba dureza. En el colegio no pescaba a nadie. Me pegaba a un poste a tomar caldo de cabeza. Algunas de mis compañeras se acercaban a mí y yo respondía con un insulto. Quería estar solo, no deseaba contar a nadie lo que me pasaba. Me encerré en mí mismo. No quería que el dolor se fuera.



Por aquellos años, mi hermana comenzó a trabajar y estudiar. Entre los dos asumimos las labores hogareñas. Era hora que la ayudara. Ella sacrificó su juventud por nosotros. Estoy agradecido por ello Ketty, no sabes cómo y a pesar de nuestras peleas, tú eres mi segunda madre. No podía dejarlo decirlo en este texto que es tan tuyo como mío.



A los dieciséis años me quise morir. El suicidio rondó por mi cabeza y cuando la idea estuvo a punto de hacerse realidad, descubrí mi salvación… escribir.



Fue una noche de 1997, ya no podía más y de angustia dejé de respirar. No sé cuántos minutos estuve así y de repente me pego un suspiro, me siento en la cama y en el escritorio de mi pieza había un cuaderno y un lápiz pasta. Salté sobre ellos y escribí, escribí, escribí toda la noche. Al llegar la mañana estaba aliviado, un poco más tranquilo.



Recuerdo aquel primer cuento de mi vida. Era una historia rosa de un muchacho que salía muy tarde de su casa a encontrase con un amor de otra vida. Ahora me da mucha risa. Qué romántico era en aquellos años juveniles. Qué inocencia… lo importante es que me desahogué. Había logrado calmar mi pena.



Escribí entre los quince y los diecinueve años más de quinientas historias- creo quedar corto en el número-. En esos años dormía poco- ahora también-, me entregaba a una pasión por completo. No me interesaban las fiestas, el alcohol, la droga… incluso las minas- de lo único que me arrepiento. Pude haber tenido una polola antes de los diecisiete. Jajaja. Si seré pavo-. Todo giraba en torno a las letras. Pero había un gran problema. No quería mostrárselos a nadie. Era mi secreto y a pesar de estar un poco menos angustiado, sentía vergüenza de mis escritos. La inseguridad reinó en esos años. No aceptaba el don que me había regalado la vida, porque siempre me sentí el chico torpe al cual se le caían- mejor dicho se le caen- las cosas de la manos, despistado porque siempre anda en la luna – ahora ando por Júpiter no más-, el loquito medio freak – quien haya traducido creep de Radiohead me entiende-. Por qué yo era bueno en algo… yo estaba destinado a ser un looser, a enfermar como mi madre, no a ser un aporte en la palabra. Mi profesora de castellano siempre decía: “Dieguito tiene un estilo diferente a sus compañero. Redacta con una madurez superior al resto… pero tiene una ortografía pésima. Un cuatro tres”.



El punto es que yo estaba en silencio, creyendo que nadie me leía. Mis cuentos eran sagrados y debían ser inmaculados, pero mi hermana rompió la virginidad de mis letras. Fue la primera lectora de mi vida. Nunca supe cómo encontró mis historias. Las leyó casi todas. Yo la descubrí en mi pieza, intruseando en mis cuadernos. A mí me dio ataque. Me quería morir. Grité como loco y ella me dijo que tenía un estilo que enganchaba, un tanto oscuro eso sí me dijo. Me quedé en silencio, se acabó la discusión. Sentí miedo. Cómo a alguien le podían gustar mis historias de psicópatas y asesinatos, torturas

-fue lo primero que comencé a escribir- si otra persona llegaba a leer los textos, iba a ser juzgado como un loco, tuve terror, pánico y después que mi hermana se fue, tomé todos los cuadernos, los rocié con bencina y les prendí fuego. Fue un acto estúpido, irracional, no quiero justificarme, pero cuando uno tiene dolor comienza a generar ira y ella te hace actuar de maneras estúpidas.



Cómo me arrepiento de quemar esos cuentos…



Pasaron tres años sin escribir nada. Volví a caer en la miseria, en la desesperación, en la rabia. Una noche ya no pude más de ansiedad y retomé mis historias, volví a sentir lo mismo, pero seguía con miedo. A pesar de que todo el mundo me encontraba talentoso. Lucía Zamora, mi gran mentora, me escribió una vez en las correcciones: “gran estilo, debe mejorar detalles. Algún día espero verlo publicar un libro”, yo quedé para dentro. Por qué yo era bueno… seguí con mis cuestionamientos. Después Cabezas- otro profe- le comentó a un amigo que era un virtuoso… zaaa… pensaba yo.



En síntesis todo el mundo sabía que era un talentoso, pero yo no lo creía. Ahora que leo este texto me dan ganas de retroceder el tiempo y pegarme un par de patadas en el culo. Cómo tan pavo. La Katty- la ex diva porno de mis sueños eróticos y actual fans número uno.- me decía algo así como: “hasta cuando chucha te vas a lamentar. Eres bueno, ponte a escribir. Tú no puedes desperdiciar tu capacidad”, disculpa Katty si no fui tan literal en lo que me decías, pero sí sé una cosa… si no fueras por las puteadas que me pegaste, ahora no estaría acá. Si alguna vez logro alcanzar una meta en este camino, tú serás una de las responsables. Gracias Katty, gracias y vamos que se puede… sabes a lo que me refiero.



Volviendo a la historia. No pude terminar mi carrera por cuestiones económicas. En quinto año mi madre sufrió cálculos biliares. Quise congelar y ponerme a trabajar, pero mi padre me dijo que tomara como oyente y a fin de año cancelábamos. Yo echado en los huevos, acepté. Mi padre es muy optimista… cree que siempre le va ir bien en los negocios, pero termina yéndole pésimo. En una época tuvimos una buena situación. La bonanza ya pasó y vivimos un período de vacas desnutridas en fase anoréxica. Mi sueño es comprarle un auto a mi viejo para que pueda abandonar la pérgola. Ojala lo logre… vamos que se puede



Pero una de las peores crisis de mi mamá hizo su aparición. Estuvo un año enferma y la tuve que cuidar, luego vino mi depresión y para rematar la enfermedad pulmonar obstructiva crónica de mi mamá. Ella estuvo hospitalizada quince días en la UTI de la Dávila. Fue horrendo… mi madre totalmente ida, sin dejar dormir a los otros pacientes, amarrada en una cama. Fue fuerte muy fuerte. Fue el sismo necesario para empezar a salir de la depre. Hasta ese punto de mi vida no me había percatado de un gran detalle. No tenía vida, todo giraba entorno a mi mamá y su mal. Mi madre, antes de la enfermedad ya había vivido, yo en cambio era un niño jugando entre criptas. Era el momento de crecer. Si quería sacar el título antes de los cincuenta, debía luchar.



Busqué trabajo y encontré en correos de chile- otro día cuento mi experiencia en correos, es muy chistosa- apenas hallé empleo, fui a la Universidad para hacer un convenio y por fin titularme. “disculpe, pero usted perdió la calidad de alumno regular, además tiene que volver a tercero. Cambió la malla”, elegantemente me fui. Ya filo, será dije. Tendré que volver para atrás. Estudiar dos años más. Con el sueldo de mi empleo, me di la vida del oso. Gasté la plata en puras tonteras y en ese momento me enteré de un plan especial de titulación en la Usach en horario vespertino. Está orientado a personas que hayan cumplido la mitad de la carrera o tengan otra profesión. Postulé y quedé. El drama es que no tenía ni uno. Jajaja. Estuve una semana en un call center, pero me aburrí. La capacitación duraba algo así como dos meses… dos meses que se me iban a acumular en la U. En ello encontré una pega como colgador de ropa en una bodega no alcancé a estar una semana porque me enteré que pagaban el día del loly.



En medio del caos, me metí a Facebook. Subí mi perfil y descubrí que mi amiga Katty había publicado una nota. Le pregunté cómo se hacía y ella me enseñó. Mi primera nota, tuvo nueve comentarios. Todos alabándome, incluso, no sé como llegó gente que ni siquiera conocía a mi perfil. Para mí fue un descubrimiento, por primera vez había logrado vencer el miedo y comencé a creer en mi talento. Un amigo de la U, incluso quiere hacer un corto con mi historia: “la maraca y el suicida”, lo que a mí me honra no se imaginan cómo.



En ese punto descubrí que mis historias le gustaban a la gente. En ese punto descubrí que mi dolor, mi pena, mi rabia, toda la horrible pesadilla tenía sentido. Si no fuera por el dolor, jamás hubiera desarrollado el don de la sensibilidad. Puedo ver cosas que nadie ve- por si acaso no veo gente muerta-. No estoy hablando de nada sobrenatural, sino de elementos de la vida diaria que pasan ignorados por la velocidad del ciudadano santiaguino. Además los puedo escribir, narrar, tener los cojones para contarlos- en mi cuento Producto congelado si me descubren mis jefes, me pueden echar-. He descubierto que soy más fuerte que el dolor, es decir, el dolor sigue ahí. La angustia me acompañará toda la vida y por ello tengo que trabajar hasta el último día de mi vida. Como herramienta tengo la palabra, la cual posee dones curativos. Probablemente caiga en el cliché, pero es cierto, la palabra tiene magia y cuando uno elabora un discurso positivo, comienzas a sanar. La sanación no significa olvidar el dolor, sino enfrentarlo, mirarlo a la cara y burlarse de él. Así le dices, tú no puedes vencerme porque soy más fuerte que tú.



Otras veces yo me había sentido muy bien, pero volvía a caer en la rutina. La diferencia radica en que debo trabajar todos los días, a cada hora, a cada minuto. Tengo tendencia natural a caer en estados depresivos. No todas las veces voy a lograr ser positivo y la pregunta ¿Por qué me pasó esto a mí? Volverá. No voy a encontrar respuesta. En ese punto debo trabajar más duro con más fuerza, con más convicción y cambiar la pregunta a ¿para qué me pasó esto a mí?



La respuesta es sencilla… para contar historias.



No estoy vendiendo la pomada, no estoy dando remedios para los callos, los que han pasado momentos horrendos deben buscar su propio camino. Éste es el mío, no digo que sea el único. Hay muchos más. En mi caso, me aburrí de andar dando pena. Es mejor compartir la alegría Sólo sé que si puedo ayudar a alguien con esta historia, habrá valido la pena escribirla.



Hoy tres de marzo del 2009, a pesar del sismo que viví hace poco, a pesar de lo doloroso, le cierro la puerta al dolor y la abro a la vida.
Esta vez se acabaron las réplicas.
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oooo

Enviado por el 04/03/2009 a las 07:22 PM
Isaac

gran historia men... ta wenisima ..haber..un siete por ser honesto...pero gracias a Dios mi papas estaban en el sure de visita en esa epoca y nu sintieron nada XD bueno..si un pekeño remeson, incluso mi mama ke estaba visitando a mi abuelo en villarrica..pero en fin... nisiker tenian planes de tener a mi hermano mayor.... eri super viejo loko!!!!! jajajajaj XD

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...Si la vida te da la espalda...¿?...


jajajaja

Enviado por el 04/03/2009 a las 08:47 PM
degolando

te voy a pegar con el bastón cabro de mier... jajaja

eso no más

un abrazo

DVF

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Si me voy a vivir con alguien, será conmigo.


jajajajaja parece una alucion al ...

Enviado por el 04/03/2009 a las 10:27 PM
Isaac

jajajajaja parece una alucion al viejo victima de la arrera de "Un (muy) mal comportamiento"...al final le deje el entreparentesis entero XD

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...Si la vida te da la espalda...¿?...


jajajaja

Enviado por el 04/03/2009 a las 10:27 PM
degolando

Es cierto, tengo 27 años, pero compadre... no sabes lo rico que es esta edad. No le pido permiso a nadie ,tengo mi plata, lo malo es tener que trabajar. jjajaja

Un abrazo

DVF

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Si me voy a vivir con alguien, será conmigo.


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